El inicio

Tamara: 

Hoy Grabiela, interrumpiendo los cinco minutos de silencio que sostuve, me pregunto qué era lo que tanto escribía. Yo le repliqué que cómo sabía ella que escribía, si acaso además de tenernos encerrados y atados también nos espiaban. Me hubiera encantado poder ver su cara, pero estoy acostada dandole la espalda. Terapia de Diván dice que se llama. No es más que una excusa para que yo no vea su cara de asco, miedo, pena cuando le cuente, porque ella cree que voy a terminar contándoselo, cómo, cuándo y con quien me inyectaba falopa. Porque para ella mi problema es la droga. 

Me dijo de que me había visto cuando pasaba por el corredor para entrar en la sala de psicología. Que me había notado muy concentrada, en lo único en lo que lo estaba según los informes de actividades grupales. Le dije que te escribía a vos. Pensé que indagaría sobre nosotras, pero no. Me preguntó desde cuando escribía. Y la pregunta medio que me shockeo. Me shockeo porque yo también me la hice. Desde el insomnio respondí impulsivamente. Cuándo era chica, por las noches. 


En casa nunca despertábamos muy temprano, a las doce del mediodía mi mamá me servía en la mesada de la cocina lo que ella llamaba “desayuno-almuerzo”.Un vaso de chocolatada, un sandwich de jamón y queso y una fuente con huevo revuelto o banana en trocitos. Pero a la noche, mas o menos a las diez, ellos que habían trabajado todo el día y querían descansar pretendían que me durmiera, o más bien que no molestará. Me enviaban a mi cuarto, desde donde los escuchaba hablar hasta la madrugada mientras jugaba con el celular de mi mamá donde me había descargado algunos videojuegos. Cuando se apague te dormís decían antes de un buenas noches que a veces ni siquiera llegaba. El juego me excitaba mucho, tenía que pasar obstáculos a gran velocidad, tenía que ser bien precisa. Era buena, avanzaba rápido de nivel. 


Cuando el teléfono se apagaba no tenía sueño. Ni nada con que distraerme. No tenía tele en la pieza y tampoco podía jugar. Si veían con la luz prendida o me escuchaban hablar, que siempre lo hacían porque ellos también estaban despiertos, me retaban. Y nunca me gustó que me griten. Me anulo por completo. 


Entonces, alumbrada por la luz del velador que estaba al lado de la cama empecé a escribir. Era casi a la penumbra. Creo que eso debe haber sido lo que me arruinó la vista desde tan chica. A veces escribía las historias de los monstruos que años anteriores me habían torturado. El del armario era una viejo con mocos verdes que en vida había sido un taxista amargado. Y otras veces, la historia de un amor entre dos adolescentes que peleaban mucho, como mi mamá y mi papá.