Los Locos


Tamara:
Hoy vino Tomás a visitarme. Estaba un poco alborotado, como siempre, pero esta vez porque había viajado solo en subte. Le habían alucinado las paredes con dibujos y mensajes de la línea C y B. Me contó conmovido que en la combinación de Diagonal Norte había tres artistas callejeros musicalizando el tránsito peatonal con distintos ritmos. El primero que estaba en el andén opuesto de la línea D, acompañado por una guitarra eléctrica entonaba el clásico inglés “Dont worry, take it easy”. El que ocupaba el sector de combinación en cambio, con una voz medio burlona y metalera hacía orgullo del rock nacional con la Balada del Diablo y la Muerte de La Renga, que Tomasito creyó que era mi tema preferido y se emocionó, como si cuando me visitara los ambientes se inundaran de mí. En realidad el que podría decirse mi tema favorito de la banda es El Viento que todo lo empuja, y ni siquiera es que me guste tanto, pero no quise desilusionarlo. Por último, en el largo pasillo de la línea B había una muchacha colorida según describió sonrojándose un poco porque al parecer le había gustado. Improvisaba una cumbia electrónica que a todos les daba ganas de bailar, como a una mujer que estaba algo sucia y despeinada que le seguía el ritmo pegada a la ventanilla del tren intentando conquistar a un hombre de traje que estaba del lado de adentro. A esta altura del relato comenzó a bajar el tono de su voz, para comentarme casi en susurros que la señora, cuando la plataforma estaba por arrancar y ya había cerrado sus puertas, finalizo la performance recorriendo el marco de la ventana con su lengua.
Me dio ternura el cuidado con que pronunciaba las últimas palabras. Tal vez tenía miedo que la doña, en los minutos en que la perdió de vista fuera capturada por la autoridades y traída a este rejunte. O peor aún, que alguno de los otros locos sintiera la acotación como una burla para ella y saliera en su defensa sin siquiera conocerla, porque los locos suelen ser personas a las que las injusticias le penetran bien adentro. Pero de todas mis teorías la que más me convenció y un poco ilusiono, es que él encontrara en mí una confidente, que me lo contara como si fuera una de los suyos. Vos no sos como ella hermana, por eso podemos conversar de estas cosas.
Al principio no supe bien que decirle, asique salí del apuro con una pregunta burlona ¿Y  logró su cometido? ¿Conquisto al hombre?
Algo compungido me confesó que no, que cuando ya habían entrado en la oscuridad de los túneles se escuchó el suspiro de él, enviciado por los ruidos del motor y la gente que habla. Había logrado librarse de ella.
Le dije que no se preocupara, que el final era lo mejor que podría haber pasado. Nadie merece, ni siquiera nosotros, a alguien que no nos quiera. Que mejor esperar, que seguro en algún  momento encontrará a alguien a quien también le guste bailar. Y que su lengua, en vez de probar un gusto metálico, sentiría una piel aromatizada por el sudor o un buen perfume.
Esto último no llegue a pronunciarlo, me pareció una información que a mis padres escandalizaría si de casualidad se los comentara. Me  guarde la imagen en mis pensamientos, y ahora la suelto en esta carta para ponerte al tanto, que esta descarriada, que no besa ventanas metálicas porque eso haría que su salida de este lugar fuera aún más lenta, muere de ganas de lamer tu cuello.

Te quiero mucho.
Lucre.